Roma. Poker de visitas.

Enero del 2009. Con tan solo 20 años, me subía a un avión que tenía por delante un viaje de 45 días junto a un hermano de la vida, esos amigos que sabes te van a acompañar por siempre, con los que te vas a abrazar en los días mas importantes. Era el primer viaje tan largo que hacíamos. Era muy emocionante saber que, siendo tan jóvenes, teníamos la chance de conocer ciudades tan prestigiosas como las que ibamos a conocer. El avión de Air Europa, no sin antes sufrir una demora por una tormenta de nieve que acosaba España, aterrizó en Barajas, donde tuvimos que hacer una conexión de algunas horas (la primera de tantas) para luego tomar otro de Alitalia que nos depositó en nuestro primer destino: Roma.

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Llegamos al atardecer, debido a las demoras de los aviones. Nos tomamos el famoso tren entre Fiumicino y Termini en donde, con nuestro precario italiano, nos dimos cuenta que los taxistas querían aprovecharse de la hora, la supuesta inseguridad y de dos viajeros novatos y decidimos caminar las pocas cuadras entre la estación y el hotel, en lo que fue nuestra primer gran decisión del viaje. El frío se hacia sentir, y bastante. Hicimos el check-in, avisamos en nuestras casas que seguiamos con vida, nos cambiamos, agarramos la cámara y fuimos a conocer el Coliseo. Me acuerdo esa caminata como si fuera hoy. No podíamos creer donde estabamos. Empezabamos a descubrir la inmensidad del mundo y su historia. La mente empezaba a sufrir ese proceso de expansión del que no se puede volver atrás.

Al otro día madrugamos, desayunamos y enfilamos al Vaticano. La Basílica de San Pedro y sus criptas, a las que tuvimos la suerte de visitar, previa reserva online. Para dos personas creyentes, conocer la Necrópolos, debajo de la Basílica, donde se custodia la tumba de San Pedro, sentir la húmedad de tiempos pasados y ver con nuestros ojos la piedra fundadora de la Fe, fue algo muy emotivo. El recorrido siguió con los museos Vaticanos, sus mapas y la Capilla Sixtina. El asombro seguía aumentando.

Caminar por las calles de Roma era encantador y disfrutabamos cada momento. Comimos pasta, tomamos vino, algun que otro café y nos divertiamos poniendo un pie en medio de la calle, sorprendiendonos de ver a los autos frenar al instante, sin siquiera chistar. Imposible ver eso en Argentina. El recorrido siguió al otro día con el Coliseo, el Foro Romano, Piazza Navona, el monumento a Vittorio Emanuelle II. En fin, lo que toda guía de Roma recomienda.

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Luego de un intento fallido por ir a un bar/boliche, nos fuimos a dormir y al otro día nos tomamos el tren a Florencia, no sin antes confundirnos de plataforma y casi perderlo. Dejamos las valijas al lado nuestro, sin confiar todavía en la modalidad europea de acomodar las valijas al fondo de cada vagón, sabiendo que nadie iba a tomar lo que no era suyo. Nos acomodamos y mientras hojeabamos las cosas a hacer en Florencia, veiamos irse a Roma, pensando en los años que pasarían hasta volverla a ver.

Mayo del 2013. Con ya 24 años y un título de Ingeniero en Informática fresco y bajo mi brazo, vivía una experiencia en Londres, intentando conseguir una visa de trabajo que me permitiera cumplir el sueño de trabajar en la tierra de Notting Hill. Mis padres, mientras tanto, despegaban de Buenos Aires hacia Roma, con un viaje por el Sur Italiano en su futuro próximo. Meses atrás, ya sabiendo de su viaje, saqué un pasaje para Roma para visitarlos 5 días. De esos Low Cost que tanto se pusieron de moda. Ryanair me depositó en Ciampino, aeropuerto secundario de Roma y, bus mediante, llegué a Termini para luego de varias preguntas, llegar al hotel donde me hospedaba junto a a mis padres. Ellos llegaban un día después asi que decidí dejar las cosas, descansar un poco y salir a caminar una ciudad que tenia la suerte de conocer y a la que no pensaba volver a ver tan pronto.

Sin mapa y con todo el tiempo del mundo por delante, me perdi por los pasajes de Roma, para llegar a la Fontana di Trevi. Cumplí con el deber de tirar la moneda en su fuente y seguí viaje. Llegué hasta el Tibet, lo crucé, caminé por las puertas del Castel Sant´Angelo y llegué a las puertas de Vaticano. Era tarde asi que emprendí la vuelta, disfrutando el paisaje, con música en mis oidos. Al otro día, antes de tomarme el tren a Fiumicino para buscar a mis papás, decidí dar otra vuelta por la ciudad y llegué a Trastevere, barrio bohemio con aires de San Telmo, un “must” de toda visita a Roma. Me perdi en sus calles empedradas para desembocar en un restaurant con aires de bodegón, donde me senté y comí, creo yo, uno de los mejores platos de pasta de mi vida. Una entrada, un agua, pastas y café para poder decir “No puedo más!”. Pagué en efectivo y me fui, con una moneda de 2 € en mi bolsillo como único capital. Llegué así a la Basílica Santa María de Trastevere. Más chica que la de San Pedro es cierto, pero con un encanto mayor, al menos para mí. Lejos de las cámaras fotográficas de nuestros amigos orientales, sin la espalda de un turista a escasos centímetros nuestro y sin los pies de tantos otros pisando nuestros talones. Pude apreciarla en su totalidad para luego pasar por la tienda de regalos y ver un decenario que valía justamente 2 €. Lo compré sabiendo a quien iba a ser dirigido.

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Se hacía tarde y emprendí la vuelta, el tren a Fiumicino me esperaba. Esperé un par de minutos en la parte de Arribos para ver llegar a mis padres con sus valijas, abrazos y elogios hacia mi vestimenta supuestamente europea. Esta vez no fue un bus, sino un taxi el que nos depositó en el hotel. La charla con el chofer pasó desde el fútbol hasta los intentos de mi papá por contarle que su hijo vivía en Londres pero que había ido a visitarlos. Luego de acomodar las valijas, salimos a caminar por Roma, haciendo prácticamente el mismo itinerario que había hecho la noche anterior.

Durante los siguientes días, los lugares que mis ojos vieron eran repetidos pero el modo era diferente. Varios lugares los hicimos con guías especializados, por lo que pude saber la fecha que se levantó la Basílica de San Pedro sin googlearlo, o saber porque se llama Coliseo sin ver un libro. Placeres de viajar con los padres de uno, asumo.

El Vaticano y el Papa, junto a la Franciscomanía. Los Museos Vaticanos y la Sixtina, por segunda vez en 5 años, con algunos pasajes del Codigo Da Vinci en mi memoria. Castel Sant´Angelo. El Coliseo, el Foro Romano, Piazza Spagna, un café en El Greco, Piazza Navona, el Panteon, Trastevere, Via Condoti y sus locales de ropa lujosa, cenas en el Hard Rock o en algún restaurant típico. Asi transcurrieron mis (segundos) 4 días en Roma. Mis papás me acompañaron nuevamente a Ciampino, taxi mediante, para despedirme y asi poder embarcar a continuar un sueño en tierras británicas.

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Agosto del 2014. Los últimos 18 meses habían pasado con un ritmo más que vertiginoso. Luego de 5 meses en Londres, sin suerte laboral, volví a la ciudad de la furia, sin saber muy bien mis pasos a seguir. Conseguí trabajo bastante rápido y casi sin darme cuenta me sumergía nuevamente en la rutina porteña. Hasta que mis amigos me ofrecieron la opción de hacer un nuevo eurotrip. Esta vez eramos 5, no 2. Las ciudades eran casi las mismas de las que visité en aquel viaje del 2009. Pero la opción de hacer el viaje nuevamente con amigos era tentadora. Como bonus track, la Tomorrowland, asumo la mejor fiesta musical del mundo. Sin saber muy bien porque y con casi nada de cordura, acepté y saqué el pasaje. Meses después me llegó la noticia que la ciudadanía italiana estaba encaminada. Para terminarla tenía que ir a Italia y presentar los papeles, el método más efectivo hoy en día. Y de repente la rutina porteña se transformó en la cuenta regresiva para un nuevo viaje y una posterior experiencia viviendo en Italia por mi cuenta.

Así fue como tuve la suerte de aterrizar por tercera vez en Roma, a 5 años y medio de mi primer visita. Otra vez mismos lugares pero actores diferentes. Y así se le encuentra siempre algo nuevo a la ciudad.

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Sin tours contratados, madrugando algunos días y otros no, con menos historia y mas tiempo en bares, con menos filas y mas aperitivos mirando al río, asi transcurrieron estos nuevos días en Roma. Imposible olvidar la tarde que, luego de visitar el Coliseo pero no el Foro (porque sencillamente no teníamos ganas) y luego de un increíble almuerzo, nos sentamos en un bar en Via Cavour para pedir una jarra de cerveza. Para luego pedir otra. Y otra. Y otra. Y otra. Y así terminar estableciendo una amistad con los dueños del bar, ofreciendo nuestros celulares para musicalizar el bar y ahi quedarnos varias horas, incluso salteando la cena. El bar quedaba a 1 cuadra de nuestro departamento asi que cada vez que volvíamos, la parada era obligatoria. Mario ya nos conocía y si nos veía, nos gritaba para que nos sentaramos a tomar una cerveza. No entramos a la Capilla Sixtina por no hacer 3 horas de cola, pero si disfrutamos de vaya a saber cuantas anécdotas de los mozos del bar de Mario, junto a picadas, panes de pizza y varias jarras de cerveza.

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El Vaticano y el Papa nuevamente. El Coliseo. Piazza Navona y un aperitivo en un bar. Trastevere y varios aperitivos en varios bares. El Panteon. La Fontana di Trevi, sin agua por estar en refacción. El monumento a Vittorio Emanuelle II. Piazza Spagna. El Bar de Mario. Asi transcurrieron los días en Roma. Mismos lugares, otra óptica, para siempre apreciar la belleza de la ciudad. Todo sin un mapa, perdiéndonos cuando habia que perderse y encontrándonos cuando habia que hacerlo. Taxi a Termini, tren a Fiumicino, vuelo a Londres todos juntos. Casi un deja vu del 2013.

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Octubre del 2014. Ya iban casi 2 meses de mi estadía en Brienza cuando el viaje de dos amigos los depositó en Italia. Luego de varios días en la zona de Venecia, bajaron a Florencia, Cinqui Terre para terminar en Roma. Su viaje seguramente siga por España, Marruecos, y vaya a saber que países y continentes más. Por lo cual sabía que era mi oportunidad de verlos por última vez en varios meses o años. Una vez más, Roma. Mientras el tren se encargaba de completar el trayecto entre Potenza y la capital italiana, por mi cabeza pasaban las imágenes de mis anteriores visitas a las ciudades. Hice cuentas y me di cuenta que era la cuarta vez que pisaba suelo romano para quedarme algunos días. Poker de visitas. Una sonrisa se me dibujo pensando lo afortunado que era. Esta vez ellos habían llegado antes que yo y me esperaban en el hostel. Camine 10 minutos desde Termini y llegué para fundirme en un abrazo con ambos. Hacía un par de meses no los veía. París habia sido el último lugar donde habíamos compartido unos mates, a la orilla del Sena.

Del frío de Brienza al calor de Roma, en tan solo 4 horas. Me puse una bermuda y arrancamos nuestro recorrido. Fuimos a la Piazza del Popolo, el Panteón, Piazza Navona y nos sentamos a tomar mate. Un uruguayo se nos sumó y nos hizo compañia hasta la noche. Pasamos por el bar de Mario, ese que habia visitado meses atrás y me fundí en un abrazo con el dueño. Las jarras de cerveza no se hicieron esperar, tampoco la cumbia, el maní y los panes. Emprendimos la vuelta, preguntando en cada mercado si vendían Fernet a menos de 14 €. Presupuesto limitado el de esta visita. Finalmente nos conformamos con un Baileys que vaciamos en la terraza del Hostel.

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El segundo día nos llevó al Vaticano y a sus Museos, para terminar en el famoso techo de la Capilla Sixtina. Tercera vez que lo apreciaba. Caminamos por el río hasta Trastevere en donde pasamos algunas horas enfrente de la Basílica, tomando mate y tocando la guitarra. Guitarra perteneciente a mi amigo y que en una punta tiene colgando un decenario, decenario que compré hace ya 16 meses en esa misma Basílica. Volvimos al hostel, previa compra del ansiado Fernet. Cenamos y lo tomamos. Recordamos viejas épocas y planeamos nuevas. Nos sorprendimos por habernos encontrado tan lejos de casa, y a su vez nos alegramos. Al otro día caminamos algunas cuadras más. Después ellos emprendieron camino a Barcelona. Yo a Brienza. Con la promesa de algún dia volvernos a ver. El mundo del viajero es un pañuelo dicen.

El Vaticano, esta vez sin el Papa. Los Museos y el techo de Miguel Anguel. El Panteón, Campo dei Fiori, Piazza Navona, Piazza della Republica, el Bar de Mario, Pizza Spagna, el monumento a Vittorio Emanuelle II, Trastevere, el Coliseo, un hostel de mala muerte. Misma ciudad, diferente óptica.

Creo que Roma es una de las ciudades más famosas del mundo. No hace falta que alguien lea un blog para saber que visitar. No descubro nada diciéndote que no te pierdas el Coliseo, es magnífico. El Foro Romano te hace sentir que sos parte de la historia. El Vaticano conmueve, seas o no católico. La Capilla Sixtina te hace viajar al pasado y ver a Miguel Angél colgado de algún andamio pintando alguna parte del mismo (si vas a ir, hace la reserva online, te ahorras varias horas de cola). El Panteón y ese agujero mágico. Piazza Navona y la música de fondo. Campo dei Fiori y sus girasoles “amsterdamianos”. Piazza Spagna y esa escalera al infinito. Trastevere y su aire bohemio en el que te podes quedar horas y horas. En fin, Roma. Caminala, una y otra vez. Perdete. Vigila los bolsillos pero que tus ojos esten atentos a lo que tienen enfrente, hay mas historia que Mc Donalds. Y por sobre todo, nunca subestimes su poder. Siempre te hace volver. Por algo todos los caminos conducen a Roma.

Hola! Mi nombre es Luciano y soy el creador de Una Vuelta por el Universo y Just DOxIT. Me considero un Ingeniero nómade. Me fui de casa hace ya mas de 4 años y todavía me queda mucha mas ruta por recorrer. Venis conmigo?

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