Mágica Penang

No sabía porque, no tenía una razón clara. Pero sabía que Malasia iba a ser una perla en todo mi viaje. Son esos lugares que, antes de conocerlos, ya los queres. Quizás un poco influenciado por las maravillas que había leido, sinceramente no lo se. Pero tenía una emoción interna muy grande por llegar a ese país y, particularmente, a Penang, mi primer parada. Venía de días muy fuertes en Phuket, como experiencias vividas que quedarán por siempre en mi memoria y no sabía si iba a poder aprovechar al máximo Malasia. Tenia miedo de que la despedida de Phuket hiciera efecto.

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Llegar a Penang llevó algo así como un día. Bastante cansador, pero nada irritante. Cuando uno viaja lento, viaja sin apuros. Perder un día o dos en viajar no molesta, porque uno sabe que los recupera más adelante. Aparte, obvio, es la manera más barata. Así fue que salí de mi hotel en Phuket un Domingo 2 pm (3 pm hora malaya) y llegué a mi guesthouse en Penang el Lunes alrededor de las 3 pm también. En esas 24 horas, habré esperado micros o trenes algo así como 9 horas, viajado por tierra algo así como 9 horas más y caminado y viajado en ferry las restantes. Apenas hice el check-in, me pegué una ducha y me desplomé en la cama. La habitación estaba vacía. Eran 28 camas en total, y yo solo en la habitación. O si había alguien más, sinceramente no me percaté. Supuse que se venían dias tranquilos en Penang. Me equivoqué.

Después de recorrer un poco las cuadras vecinas a mi guesthouse, me hice un café y me decidí a ponerme al día con algo de trabajo. Mientras trabajaba en mi notebook, una persona hizo un check-in y se dirigió a la misma habitación donde estaba. Hasta ahi, solo “Hi” de un lado, “Hi” del otro. Me acosté un rato más y, cuando el reloj marcaba las 9 de la noche, fui por una caminata más larga hacia Little India para comer algo “not so spicy”. Penang, dicen, es el paraíso de la comida en Malasia. Y no se equivocan.

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Una oferta tentadora
Una oferta tentadora

Di vueltas y vueltas, con la excusa de conocer el lugar, pero para también encontrar el mejor lugar para cenar. Una vez decidido, me senté. Arroz, más pollo, más vegetales, más salsas, más, más, más. Todo acompañado por un jugo de mango y todo por menos de 3 dolares. Viva Malasia !

Caminaba de vuelta al guesthouse pensando en dormir toda la noche y en mis planes para mañana, asumiendo que iban a ser en solitario. Para mi sorpresa, cuando entré a la habitación, 4 camas mas estaban ocupadas. “Heeey, how are you? Where are you from?” “Argentina?? Uouuuu! My name is Tho, her name is Tania, his name is Valentin and his name is Matt”. Y de la nada, me encontraba hablando con los 4 nuevos integrantes de la habitacion. Canadá, Francia (x 2) y Suiza. Pero todavía faltaba un personaje más en esta especie de casa de Gran Hermano.

Después de charlar un rato con mis nuevos amigos, fui a la sala común a intentar trabajar un ratito más. Ahi fue cuando Rob hizo su entrada. La primera habitación que le ofrecieron no era la nuestra, era la contigua. Pero, vaya a saber uno porque, no la quiso. Y aceptó una cama en nuestra habitación. Obviamente, la metodología se repitió, Rob se sumo a las charlas y, en menos de 15 minutos, todos estabamos hablando de nuestras vidas, de donde veníamos, hacia donde ibamos, que haciamos. Esa magia que tiene viajar en donde los tiempos no son como en el resto de las cosas. Los segundos son horas y los minutos, años. Conocer a alguien hace 15 minutos es casi como una vida y en cuestión de horas uno se encuentra hablando de temas tan profundos como miedos, sueños y objetivos con personas que hace un día no sabía existían. Los lazos se potencian de una manera increíble.

Al otro día amanecimos casi a la misma hora y desayunamos todos juntos. Ahí fue cuando se terminó de gestar nuestra nueva amistad. Les conté a todos que me iba a encontrar con un chico argentino que estaba en otro hostel y estaba en Penang hace unos días y que, si querían, estaban invitados. Todos dijeron automáticamente que sí y, lo que iban a ser días en solitario en Penang, se transformaron en días de grupos de 6 o 7. 

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Los días y las noches en Penang transcurrieron siempre en compañia. Hacíamos todo juntos. Como dijo Valentin, eramos una familia. Desayunabamos juntos y cada uno que se despertaba y se sumaba, lo hacía al grito de “Bon Matiiiiin” (técnicamente significa Buena Mañana, en francés). El primer día recorrimos Georgetown y vimos el arte callejero de Penang. Cuanto arte, cuanto patrimonio de la humanidad rodea a esta ciudad. Cada esquina es una sorpresa y la mejor decisión es perderse. Pablo, el chico argentino que nos encontramos, conocía un poco más la ciudad asi que nos ofició como una especie de guía. Y entre lugar y lugar que visitabamos, nos turnabamos para hablar todos con todos, y conocernos un poco más. Después de un almuerzo gigante (Dios, que rica es la comida en Penang) y cuando ya se acercaban las 4 de la tarde, decidimos que era hora de descansar un rato. El sol estaba haciendo efecto. El plan era encontrarnos con Pablo más tarde para cenar. Pero bueno, usted sabe que cuando uno viaja, hacer planes es una pérdida de tiempo. Nunca se cumplen…

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Nos despertamos de la mini siesta y el diluvio era torrencial. Y asi siguió por varias horas por lo que, lo que iba a ser una cena caminando por ahí, se convirtió en pedirle a la señora del restaurant de al lado que nos hiciera una comida “low cost” asi no nos teníamos que mojar caminando de noche por Penang. Obviamente aceptó. Porque asi es la gente de Malasia. Siempre una sonrisa, siempre diciendo que sí. Increíble ver tanta amabilidad junta.

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“Nos tomamos una cervezas antes de dormir?” había sido la sugerencia inicial. Bueno, no se cumplió. Terminamos con varias botellas de whisky vacias, un parlante en donde sonaba cumbia argentina y gente de diferentes cuartos del guesthouse sumándose a la ronda. Un mazo de cartas, algun que otro juego, muchas y muchas fotos y risas. Ven? Casi como una familia.

Durante este día pasó una de los mejores recuerdos que, estoy seguro, voy a tener de este viaje. Cuando la tarde caía y caminabamos de vuelta al hostel, Tania me señaló mi Rosario y me dijo que le gustaba mucho, que quería uno así, que donde lo habia conseguido. Le conté que mi tía hace varios Rosarios de ese estilo y que, cuando me decidí a viajar tanto, le pedí que me hiciera varios para tener conmigo e ir regalando. “Le decis a tu tía si no me hace uno y me lo manda a Canadá?” “Pero tengo algunos en mi mochila, si queres elegí uno de esos” “Dale! A cuánto los vendes?” “Eh? Los regalo, te lo regalo, elegí el que quieras, es tuyo”. La sonrisa que se dibujó en la cara de Tania nunca me la voy a olvidar. Horas más tardes ella eligió su rosario y se lo colgó. Eligió el que mas justo el quedaba, asi no se le caía nunca. Me abrazó y me dijo que era el collar más lindo que tenía y el regalo más lindo que se llevaba de un viaje. Entonces se me dibujó una sonrisa a mi también. Durante la noche, Rosarios en mano y con un cartel que hice en Phuket con la bandera argentina, nos sacamos una selfie e hicimos una promesa. En el 2016 teníamos que recorrer Sudámerica juntos (bueno, latinoamérica en realidad). Arrancábamos en el norte, por Puerto Rico y bajabamos hasta la Patagonia. Lo teniamos que hacer. La promesa se repitió en la última noche y hoy la mencionamos durante las charlas de Whatsapp.

El día siguiente nos disfrazamos de personas saludables y subimos hasta Penang Hill. Vistas asombrosas desde arriba y un camino bastante desafiante para llegar. Parte de jungla, parte de ruta, todo en subida y mucho, pero mucho calor. Cuando quedaban un par de kilómetros para llegar, nuestras piernas dijeron basta. Y ahi apareció la generosidad malaya. Un camión que llevaba muebles para una película que se estaba filmando en las cercanías paró y nos llevó hacia la cima de Penang Hill. Nos preguntó nuestros nombres, de donde eramos y nos sonrió. Acomodaron todos los muebles para que todos entraramos en la parte de atrás. Y nos llevaron ese par de kilómetros. Increíble.

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Esa noche los dos chicos franceses abandonaban la casa, con destino a Kota Bahru. Mientras hacían sus bolsos, todos merodeabamos el cuarto con un sentimiento de nostalgia. ¿Cómo puede ser que nos conocemos hace 2 días y una despedida cuesta tanto? Nos sacamos la foto correspondiente, nos dimos un abrazo (estilo argentino) y todos nos fuimos de la habitación y los acompañamos hasta la puerta. Casi como Gran Hermano. Al otro día Rob se iba, asi que también hubo despedida para él.

El último día en Penang fue con equipo reducido pero con la misma energía de siempre. El destino era Monkey Beach, en el National Park de Penang. En el colectivo conocimos a Jack, un chico australiano que iba para el mismo lugar y se sumó a nuestra caminata. Caminamos una hora y media para llegar a una playa con muy poca gente, con un mar muy cálido y con muchas reposeras para descansar. Por ende, así lo hicimos.

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No teníamos ganas de volver caminando y unas chicas inglesas que estaban cerca nuestro nos ofrecieron su barco. ¿Eh? Ellas habían contratado un barco que las llevara y las trajera, y ya estaba pago. Por ende, como había lugar en el barco, nos dijeron que nos sumáramos, que ellas nos llevaban. Viajar, viajar, viajar. Estas cosas solo se ven viajando.

Luego de una ducha y un rato de descanso en el hostel (¿descanso de que?) fuimos a tener la última cena. Al otro día Valentin y yo nos ibamos a Langkawi (isla al oeste de Malasia), Tania a Kuala Lumpur y Annie se quedaba un día más en el cuarto desolado de Penang. Es increible como, antes de llegar a Penang, mis planes eran irme para el este. Pero Rob se había ido a Langkawi con otros dos chicos del hostel, nos dijo que era lindo, con Valentin nos miramos y… dale, vamos a Langkawi ! Hacer planes no sirve cuando viajas, te dije. En fin, después de la última cena hubieron un par de últimas botellas de alcohol, música y demás. Nada de una despedida fría y aburrida.

Nos fuimos a dormir bastante tarde y al otro día nos despertamos bastante temprano. Pero nada que no se solucione con dormir en el camino. Nos despedimos de Tania y Annie, agarramos nuestras mochilas y nos fuimos caminando a tomar el ferry, recordando anécdotas de esos días y no pudiendo creer lo que estaba pasando. Como Rob dijo, “Malaysia is unreal”.

Atrás quedaba la mágica Penang. Su arte callejero es un “must” de Malasia. Su comida, también. También lo es conocer a la gente que habita en la ciudad, recorrer la isla, subir a Penang Hill e ir al Parque Nacional. Pero, les aseguro, nada de esto hubiera sido igual sin esta familia viajera que se formó en ese cuarto de 28 camas que, al principio estaba vacío y, en un abrir y cerrar de ojos, se llenó.

Hola! Mi nombre es Luciano y soy el creador de Una Vuelta por el Universo y Just DOxIT. Me considero un Ingeniero nómade. Me fui de casa hace ya mas de 4 años y todavía me queda mucha mas ruta por recorrer. Venis conmigo?

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