Langkawi y la volatilidad del plan viajero

Previously in Una Vuelta Por el Universo, Capítulo Malasia: ” Es increíble como, antes de llegar a Penang, mis planes eran irme para el este. Pero Rob se había ido a Langkawi con otros dos chicos del hostel, nos dijo que era lindo, con Valentin nos miramos y… dale, vamos a Langkawi ! Hacer planes no sirve cuando viajas, te dije. En fin, después de la última cena hubieron un par de últimas botellas de alcohol, música y demás. Nada de una despedida fría y aburrida.

Nos fuimos a dormir bastante tarde y al otro día nos despertamos bastante temprano. Pero nada que no se solucione con dormir en el camino. Nos despedimos de Tania y Annie, agarramos nuestras mochilas y nos fuimos caminando a tomar el ferry, recordando anécdotas de esos días y no pudiendo creer lo que estaba pasando. Como Rob dijo, “Malaysia is unreal”. “

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Es increíble cuantas cosas podes vivir viajando y cuan ocupada puede estar tu cabeza. Los días en Langkawi los víví hace casi un mes (aunque parece que fue ayer) y estas líneas las escribo desde Filipinas, cuando mi idea era llevar el blog lo más actualizado posible. Pero cuando pensas que viajas solo, te equivocas. Aparecen personas, anécdotas, historias en tu camino. Y lo que pasó ayer se reemplaza por lo que pasa hoy, y lo que pasa hoy se reemplaza por lo que va a pasar mañana. Siempre hay algo nuevo que contar. Es la magia de viajar. Es la motivación de viajar, de la no rutina (¿algún día la no rutina será rutina?).

¿Qué es lo que hace que un lugar guarde un buen recuerdo en tu cabeza? ¿Es la geografía? ¿La gente? ¿Lo que te dijeron acerca de a donde estas yendo? ¿Tu momento personal al llegar? ¿Tu momento personal al irte? ¿La compañia? Para mí, es una combinación de todo.

El momento personal de uno, si tendría que hacer un ranking, sería una de las más importantes. Cuando uno viaja, también vive. Y en la vida hay días felices, días tristes, días melancólicos, días de todo tipo. El viajero no se exime de ser persona y menos se exime de sentir. Será ciudadano del mundo, pero las sensaciones y sentimientos son universales. Entonces, podes estar en la ciudad más linda del mundo y sentirte con ganas de quedarte tirado en una cama escuchando música, o podes estar en el lugar más recóndito del mundo y sentirte en tu mejor momento.

Si tendría que elegir el segundo lugar del ranking, sería lo que (no) te dijeron acerca de donde estas yendo. Cada día me convenzo más que los mejores lugares son los que menos esperas. Los que aparecen de la nada en tu camino, sin haber sido planeados, sin haber sido googleados, lonelyplaneteados o wikipediados (RAE, para vos). La adrenalina de no saber que vas a encontrarte, de despertarte en tu cama y no saber que vas a hacer 30 minutos después, la paz mental que te genera solo pensar en dar el siguiente paso y nada más que eso. Todo eso, mágicamente, transforma un lugar para bien.

Langkawi tuvo un poco de estos dos items. Los días en Penang habían sido asombrosos y el cariño con Malasia iba en aumento. A su vez la compañia hacía que uno no se sintiera solo ni melancólico. Y el haber elegido Langkawi a último momento le dio ese toque de magia y espontaneidad que todo viaje debería tener.

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Llegamos al puerto sin saber si Rob y los chicos franceses habían recibido nuestro mensaje sobre la hora que llegábamos, para buscarnos con sus scooters. No teníamos batería en el celular, tampoco en la notebook, tampoco sabíamos donde quedaba el hostel. Dejamos nuestros mochilas contra una pared y nos sentamos a esperar. 10 minutos después nos estabamos dando un abrazo con Rob. ¿Ves? Solo hay que confiar.

Nos subimos a las scooters y 20 minutos después estabamos haciendo el check-in, decidiendo en el momento cuantas noches nos ibamos a quedar. ¿2? Muy poco. ¿3? Si… podría ser. Bueno, mejor 4. ¿Por qué 4? Porque si, porque teníamos ganas de quedarnos en una isla con playas paradisíacas y libre de impuesto por 4 días. No hacía falta dar más explicaciones.

Los siguientes días transcurrieron bajo esa misma sintonía y con esa misma paz. Conocimos a una chica sueca, una chica escocesa, una chica rusa y una chica italo-alemana. Todos nos hicimos buenos amigos y durante las noches escuchamos cumbia en la playa, tomamos cerveza en bares, cenamos platos típicos y tomamos más cerveza en la playa. Nos contamos nuestras historias, creamos grupos de Whatsapp, informamos nuestras próximas rutas y nos dimos consejos. Bueno, la historia de siempre, los lazos se potencian demasiado cuando uno viaja. Con Rob y Valentin nos entendíamos como si nos conociéramos hacía 10 años.

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Durante el día montamos las scooters y recorrimos toda la isla. Subimos montañas, sacamos fotos increíbles, anduvimos bajo un diluvio torrencial con la lluvia pegándonos en la cara y casi sin poder ver, tomamos sol en una playa con, como mucho, 5 personas, jugamos al beach voley contra un equipo malayo y, obvio, tomamos más cerveza. Los días transcurrían así, sin apuro. La prisa mata, compañero.

Nos despertábamos y desayunábamos algo en el único bar de la isla que servía un desayuno decente pero que tardaba para servirlo alrededor de 23 minutos. Mientras desayunábamos decidíamos nuestro plan del día. Buscábamos una toalla, los lentes de sol, nuestros cascos y arrancábamos. Veíamos el mapa, lo memorizábamos y nos dirigíamos a la playa/cascada/montaña/punto panorámico que habíamos elegido. Antes cargábamos nafta por las dudas, así decíamos que eramos precavidos. Comiamos entre 4 y 5 veces por día y cualquier excusa era válida para sentarse en un bar a mirar el mar. Nada muy estresante.

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Y así los días fueron pasando y nuestros caminos llegaban al punto de separación. Los chicos franceses se iban para el centro de Malasia. Rob volaba a Bangkok y Valentin se iba para el este malayo. La chica sueca volvía a casa, la chica escocesa se iba para Penang, la rusa para Rusia y la italo-alemana para Hong-Kong. Yo… no sabía todavía. Solo tenía en claro una cosa. Sea cual fuere mi próximo destino, quería llegar haciendo dedo. Necesitaba agregarle algo más al viaje.

Así que la última mañana, y habiendo dormido menos de 2 horas, me desperté, terminé mi bolso, afronté las siempre odiosas despedidas y Valentin me llevó al puerto. Había dos ferrys para elegir, cada uno yendo a un lugar diferente. Elegí el que salía primero y así decidí mi próximo destino. Me despedí de Valentin con un fuerte abrazo y la promesa de vernos en algún lugar del mundo. Espere unos minutos a que saliera el ferry, con café en mano para no dormirme. Me subí y una hora y media después estaba bajando, dispuesto a cumplir mi meta. Eran las 12 del mediodía y me pare al lado de la ruta. Con mi cartel argentino acompañandome, espere entre 11 y 13 minutos y un camión paró. “Kuala Kangsar?” Pregunte casi con miedo. “Obvio, subite. ¿Cómo te llamas?”

Una Vuelta por el Universo. De mis días en Langkawi. Malasia. Pais #19.

Hola! Mi nombre es Luciano y soy el creador de Una Vuelta por el Universo y Just DOxIT. Me considero un Ingeniero nómade. Me fui de casa hace ya mas de 4 años y todavía me queda mucha mas ruta por recorrer. Venis conmigo?

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