Instan-taneas de Guimba, Filipinas. Capítulo III

Eran mis últimos días en Guimba. De a poco me iba dando cuenta que se venía una nueva despedida. De las díficiles (bueno, todas lo son). Las que te ponen cara a cara frente a nenes que te dicen, sin caretas ni timidez, que te van a extrañar y te piden por favor que vuelvas, una y otra vez. 

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Llovía, y muy fuerte. De esas lluvias que, para los filipinos, son predecesoras de tifones. Ellos estaban en sus pruebas mensuales y yo mirando las agujas del reloj, esperando que se paren para no tener que irme de donde estaba. Pero el tiempo no para y entonces nosotros tampoco (bueno, no es aconsejable). Me levanté y fui a preguntarles como les había ido. Ellos me contaron de las cuentas que hicieron, los temas que les tomaron y lo bien que les había ido. Respiré un poco aliviado. Había hecho bien mi labor. Quedaban unos minutos para que sus padres los fueran a buscar y, con la lluvia tan fuerte que azotaba las calles del pueblo, la demora iba a ser algo usual ese día (sin contar la pereza filipina en no respetar horarios). 

Agarré varias tizas y les pregunté si querían jugar. Gritaron muy fuerte que sí y los profesores, con una mirada cómplice, me dieron el aval para hacerme cargo de una última clase. 

Lo primero que se me vino a la cabeza fue jugar al ahorcado. Estaba nervioso y no podía pensar en otro juego. Balbuceé la idea en inglés y ellos, que en ese momento eran unos 20, se entusiasmaron con la idea.

Palabra tras palabra, el aula se fue llenando. Cada vez que me daba vuelta, había más nenes. Los profesores se sumaron desde la ventana y los padres que llegaban miraban atentos, casi queriendo participar. Por unos minutos no hubo distinción de grados. Los de 1ero jugaban igual que los de 6to. Todos querían ser parte de ese momento. Todos me estaban sacando una sonrisa. 

Pasamos por países, verbos, sustantivos, ciudades, nombres y comidas argentinas. Casi siempre ganaban. A veces me daba algun gusto y se las hacía díficil pero ellos siempre se las rebuscaban. 

Cuando la palabra se estaba por adivinar, todos empezaban a gritar bien fuerte, al unisono, arrancandome carcajadas. 

Siempre seguimos el ritual de las tizas. Ellos tenian muchas y cuando la mia se gastaba, ellos me prestaban la de ellos. 

El reloj, ese que no se detiene, marcó la hora final. Ahora sí, había que afrontar la despedida. Dije las únicas palabras que se me ocurrieron y, en un lenguaje casi inentendible, quise pedirles que se cuiden, que estudien, que no respondan rápido, sino que respondan seguros, que sonrían, que sean felices, que sean niños.

Se pararon y me miraron firmes, no me sacaban la mirada de mis ojos. Entonces, de repente, emepzaron a caminar hacía mi, rodeandome en un círculo eterno. Y empezó el primero, y después el segundo, y así todos. Levantaron la mano y me chocaron su palma. Bien, bien fuerte. Uno tras otro. Y en ese momento entendí que las despedidas si pueden ser felices.

Me pidieron que vuelva y les prometí hacer el intento. Mientras, me llevo en la memoria miles de sonrisas y millones de enseñanzas. Ahí, en una escuela de Filipinas. Tan lejos de casa, pero a la vez tan cerca. Afuera, la lluvia paró. Era hora que se fueren a sus casas.

Una Vuelta por el Universo. Ultimos días en Guimba. Guimba. Filipinas.

Hola! Mi nombre es Luciano y soy el creador de Una Vuelta por el Universo y Just DOxIT. Me considero un Ingeniero nómade. Me fui de casa hace ya mas de 4 años y todavía me queda mucha mas ruta por recorrer. Venis conmigo?

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