No se si es Londres o Hong Kong

Deja una huella eterna en uno. Se encarga de forjar una relación que marca, que quema, que duele. Que genera una cicatriz eterna en un cuerpo que nunca se la va a olvidar. Uno va a poder siempre verla, recordar como quemó cuando fue forjada, recordar esos momentos enfermizos en donde, sin siquiera haberlo notado, el sueño pasó a ser pesadilla. Lo que un día empezó y parecía eterno, terminó. Y lo que más adelante a va a volver a comenzar, va a estar teñido por el miedo que termine de vuelta, por las comparaciones con lo que un día pensamos iba a ser, pero al final no fue. Y nos vamos a preguntar, eternamente, si viajamos al pasado o no.
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Domingo. Hong Kong. Después de haber pasado la noche durmiendo en el aeropuerto, me encuentro con la luz del día. Carteles en un perfecto inglés me señalan el camino. Llegó al mostrador para comprar el boleto que me llevaría al centro. Nadie me quiere cobrar de más. Solo el precio que corresponde. Me dan el boleto y me señalan el camino. Viene el bus y sale puntual. Google Maps me va mostrando el recorrido, convenciéndome que estaba en el camino correcto. Me fijo en mi celular y encuentro una app para los horarios de subte. Y otra app para elegir el mejor lugar para comer. Y otra app. Y otra. Y otra.
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Miro por la ventana. Empezaba a llover. Más tarde me enteraría que no iba a parar por los próximos 5 días. El cansancio me vencía pero no queria dormirme. El café, evidentemente, no había hecho el efecto que estaba buscando. De repente, mientras me adentraba más y más en la ciudad, lo veo. Al lado mío, como si fuera otro momento de mi vida. Cierro los ojos. No puede ser. Los vuelvo a abrir. Seguía ahi. Dos pisos. Rojo. Publicidad en los costados. Un lector de tarjeta electrónica como única forma de pago para subir. Paradas estipuladas y determinada cantidad de personas máximas para viajar en él. ¿Había viajado al pasado? Los carteles en chino que inundan el centro me hacían dudar de mi pensamiento. Pero no me convencian.
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Hago el check-in en el hostel XXS, me doy una ducha y salgo a recorrer. Una chica de la ciudad se ofreció, por Couchsurfing, a mostrarme el lugar durante ese Domingo. Luego de comer en uno de los restaurants de la estación de subte, nos tomamos un colectivo para salir del caos de la ciudad. En tan solo 30 minutos los ruidos se apaciguan y uno puede ver el mar y la playa. Hacia allá fuimos. Caminamos por un puerto y un mercado. Entramos a un supermercado en donde los precios no varian de acuerdo a la cara del que los compra. Salimos. Nos sentamos en la playa. Empezó a llover. Nos paramos. Volvimos al centro y, mientras la noche caía, entramos en un bar para escuchar música en vivo, no sin antes comer algunos de los platos típicos de la ciudad.
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Estaban esos días donde me convencía que había viajado al pasado. El avión que me había tomado era un experimento que llevó a los pasajeros a un pasado no tan lejano, en donde fueron marcados por una experiencia particular. Caminaba por la costanera y veía una rueda gigante moverse, iluminada en tonos de azules. Cuando evitaba la marea de gente y entraba a los pasillos subterráneos, las formaciones venían con una impecable puntualidad. Antes de viajar hacia el destino elegido, recargaba mi tarjeta electrónica de transporte, cuyo nombre obedece a un animal marítimo. A su vez bajaba las mil escaleras mecánicas, con carteles de obras de teatro a mis costados. Cuando encontraba la salida correcta, salía a la luz y me decidía a cruzar la calle, mis sentidos contaban con la ayuda de un misterioso voluntario que hace un tiempo escribió “Look Right” o “Look Left”. Y el clima, obvio. Ese clima tan típico. Nubes, lluvia y más lluvia.
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Estaban, también, esos días donde volvía al presente. Recorría las calles de la ciudad para encontrarme con calles y calles repletas de la más nueva (y económica) tecnología. Caminaba y me cruzaba con inmensos edificios que me hacían cambiar el recorrido. Para cruzar la calle me di cuenta necesitaba pensar más que en mi último final. Y mientras yo me movía, ellos también. La gente iba y venia, con sus paraguas abiertos, sumergidos en su realidad. Que ciudad futurista. Que ciudad individualista. Que ciudad solitaria. Ese pensamiento me asusta mucho. ¿Seremos asi en 20 años?
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Estaban, finalmente, esos días que, como todo viajero, necesitaba un punto de vista diferente, sin importar si había concretado mi viaje al pasado o no. Recorrí la ciudad con Mo un Martes de lluvia. Cené con su mamá y me encontré con una hospitalidad digna de un presente alentador. Me hospedé dos días con Steve y, nuevamente, me acercaba a convencerme que la idea del viaje al pasado era una mera fantasía. Charlamos hasta tarde y al otro día cenamos con sus amigas. Ellas, muy 2015, no parecían ser del pasado. ¿O era todo preparado? ¿Habrán Steven y Mo aparecido para sacarme la idea de la cabeza?
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Presente o pasado, Hong Kong o Londres (¿quien otra sino?), todo viajero debe armar sus valijas y seguir. Me sumergí en el mundo subterráneo y después en un ferry con destino a Macau. Me senté y el ferry arrancó. Cerré los ojos , al compás de una tonada británica a mis espaldas. Cuando los abrí, el idioma era portugués.

Hola! Mi nombre es Luciano y soy el creador de Una Vuelta por el Universo y Just DOxIT. Me considero un Ingeniero nómade. Me fui de casa hace ya mas de 4 años y todavía me queda mucha mas ruta por recorrer. Venis conmigo?

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