Instan-taneas de Luang Prabang. Laos

“Pasen, siéntense por ahi. Tienen café y frutas. Yo estoy cansado y, si no les molesta, sigo durmiendo. Pero pueden esperar tranquilos hasta que se haga de día” – nos dijo, con una asombrosa sencillez y humildad.

Eran las 3 de la mañana en Luang Prabang y la puerta que habíamos tocado era la tercera en los últimos 10 minutos. Antes, no habíamos tenido suerte.. Buon se apareció y, sorprendido, nos preguntó en que nos podía ayudar. La combi en la que viajamos se adelantó (demasiado) en el horario de llegada y necesitábamos un lugar donde esperar unas horas hasta que se hiciera de día. Al escuchar su respuesta solo sonreímos, nos sentamos y decidimos hospedarnos en su guesthouse por varias noches.

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En la primer mañana, junto a un café y mientras me ponía al día con mi notebook, Boun me preguntó por mi historia y mi presente, hablando un perfecto ingles. Le conté de mi vida y, al escuchar en cuantos países había estado, me hizo saber cuan afortunado era. “Yo nunca salí de Laos. Bueno, nunca salí de Luang Prabang” – me confesó, minutos después.

Cuando el resto del grupo se iba despertando, se sumaba a la mesa y a la charla. Asi nos enteramos de que Boun no llegaba a los 20 años, que había sido monje y que, hoy en día, trabajaba a cambio de hospedaje y comida. Y, de paso, conocía extranjeros y practicaba su inglés. En unos meses empezaba a estudiar.

En los días que se sucedieron, nos deslumbró con sus historias y su sabiduría, asombrosa por ser alguien tan joven. Nos contó acerca de su vida como monje, los secretos, defectos y virtudes de ese pasado no tan lejano. Cuando nos hacía una pregunta, nos escuchaba atentamente. Y cuando hablaba, transmitía una paz pocas veces vista.

Fue, creo, en la segunda noche que fuimos todos juntos a comer afuera. En el camino, Boun nos mostró cosas de la ciudad. Elegimos un buffet vegetariano y libre. Por un precio fijo y barato, podes comer lo que quieras. Cuando volvíamos caminando me confesó que, para él o cualquier persona local, el precio que pagamos era demasiado caro. Lo miré sorprendido. “Nosotros no podemos salir a comer afuera, es algo imposible. Por eso esto para mí es algo único. Gracias” – se sinceró. Seguimos caminando, comimos un waffle todos juntos y volvimos a dormir.

Poco a poco el grupo se fue separando, seguíamos rutas distintas. En la mañana del quinto día, me tocó el turno de decir adiós. Buon me pidió que lo espere. Minutos después se apareció con una pulsera naranja, que hoy todavía llevo en mi muñeca. “La hacen los monjes. Te va a proteger en todos tus viajes. Ojalá conozcas muchos países más y vuelvas algún día” – me dijo. Le pedí que me esperara unos minutos. Agarré algo de mi mochila y se lo di. “Estos rosarios los hace mi tía y se los voy regalando a aquellas personas que tienen una llama especial, que hacen del mundo un lugar diferente. Que siempre logres lo que te propongas y acordate que, para cumplir los sueños, hace falta estar despierto”.

Una Vuelta por el Universo. Instan-taneas de Luang Prabang. Laos.

Hola! Mi nombre es Luciano y soy el creador de Una Vuelta por el Universo y Just DOxIT. Me considero un Ingeniero nómade. Me fui de casa hace ya mas de 4 años y todavía me queda mucha mas ruta por recorrer. Venis conmigo?

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