De Thakek a Vientiane, ¿la capital más tranquila del mundo?

“At what time?” “Now, there, go!”. Estaba en Laos asi que no corrí, sino que caminé un poquito más rápido. Dejé mi mochila en el portaequipajes y me subí al bus local que, en unos minutos, iba a salir con destino a Thakek, mi próxima parada. Un par de días más tarde, iba a repetir la situación, en mi afán de llegar a Vientiane.

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Aunque hubiera querido quedarme unos días mas en Savvanakhet, no podía. Quedaba mucho Laos por recorrer. Demasiado. Caminé un par de kilómetros hasta la estación de buses local, diciendo que no algunas veces a los tuk-tuk que ofrecían llevarme hasta allá. Tenia ganas de caminar. Llegué, compré el pasaje y en las pocas palabras que intercambié con la señora de la ventanilla, me dio a entender que el bus ya salía, asi que hacía él me dirigí.

Como casi todos los viajes entre ciudades que tuve en Laos, éste también fue en un bus lleno de gente local. Bus que se encargó de parar una y mil veces, para vaya a saber uno que. Y, obvio, con música a todo volumen. Ventanilla abierta, con auriculares en mis oídos y apreciando el (hermoso) paisaje, pasé las siguientes 3 o 4 horas arriba del micro, con calma y mucha tranquilidad. La prisa mata, compañero.

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Había hecho la tarea y había encontrado, después de buscar y buscar en blogs y Google, un hostel para quedarme que, al parecer, combinaba esto de bueno, bonito y barato. Cuando el bus finalmente llegó a Thakek, me bajé y empecé a caminar. Según mi celular, el lugar no quedaba muy lejos. Un par de kilómetros. Así que, mientras el sol caía y con mi mochila a cuestas, empecé la caminata que, sin darme cuenta, se transformó en una travesía por calle de tierra llenas de barro que pasaban por casas rurales con familias comiendo en la puerta. Todo por haber tomado lo que parecía un atajo. Pero tampoco estuvo mal. Me llevé de regalo algunos saludos de desconocidos y algunas sonrisas de nenes chiquitos.

Como suele pasar por estos pagos, me encontré con un hostel no tan barato como decían en internet, ni tan bueno, pero debo admitir, tenía su encanto. Mientras me ponía al día con los mails, conocí a Camille, una chica francesa que hablaba un perfecto español por haber vivido en Chile. Cada tanto se le escapaban algunos palabras chilenas, y la tonada tan reconocible.

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Al otro día desayunamos algo y salimos a caminar por el pueblo, quedando encantados por su casco viejo e histórico, con esas casas venidas abajo que le daban un toque particular y muy fotogénico. El día fue, básicamente, eso. Como en Laos, bah. Caminar, sacar fotos, caminar, tomar un licuado, caminar, ver el río, caminar, tomar una cerveza y ver el atardecer en el Mekong. Todo muy poco estresante. Todo muy genial. Nunca es un mal día para ver el sol caer sobre el Mekong. Te lo juro.

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Supuestamente iba a quedarme una noche más en Thakek pero, idea de Camille, encontré un bus nocturno que salía directo a Vientiane. Así que volvimos al hostel, armamos los bolsos, cenamos y salimos directo a la estación. La volatilidad en los planes, a la orden del día. Thakek me encantó con su paz y su paisaje, pero me pareció una buena idea adelantarme un día. Todavía quedaba mucho Laos por recorrer.

Caminamos un par de kilómetros hasta la estación y, después de comprar nuestros respectivos pasajes, nos despedimos. Cada uno seguía un rumbo diferente. La magia de viajar. Conocer a gente en un día y tener que despedirte al otro. Conocer sus historias al máximo, compartir sentimientos y miedos, para al otro día cada uno, con lo aprendido durante ese tiempo, seguir viaje en busca más aventuras. Se sigue con lo aprendido a cuestas, habiendo crecido un poquito más, siendo un poquito más que ayer, pero un poquito menos que mañana.

Bus nocturno mediante, llegué a Vientiane, la capital de Laos. Para ponerle un poco de emoción al viaje, el micro llegó a la madrugada, por lo que tuve que hacer tiempo en la estación, hasta que amaneciera, para poder tomar el colectivo público que me lleve de la estación al hostel. Nada de gastar un dolar de más en tuk-tuks.

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Cuando el colectivo me dejó en el centro de Vientiane y, mientras caminaba hacia el hostel, me preguntaba si estaba en el lugar correcto. ¿Esto era una capital? ¿Dónde esta el tráfico? ¿La masa de gente caminando apurada de un lugar a otro? ¿Qué? ¿En Laos no es así? Ah cierto, ya me había dado cuenta de eso unos días atrás. Solo que pensaba que la capital no iba a ser igual. Vientiane, entonces, se transformaba en la capital más tranquila del mundo. Aunque se podía vislumbrar algunos destellos de las cosas no tan buenas que suelen tener las capitales.

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Por un lado no puedo olvidarme de las caras de las personas que manejaban los tuk-tuk y la manera en miraban a las chicas que pasaban y como las perseguían ofreciéndoles llevarlas a donde se estaban dirigiendo. Tampoco puedo olvidarme sus respuestas agresivas cuando uno les decía que no a sus ofertas. Vientiane me instaló la idea de que, poco a poco, hay gente en Laos que se esta dando cuenta los beneficios del turismo y quiere sacar ganancias propias y exageradas. Pude ver (y percibir) como, de a poco, en Laos se esta instalando lo malo del turismo. Las estafas a los viajeros. La agresividad ante un no. La insistencia inapropiada y exasperante. Casi como una contaminación de tan bello paisaje, cultura y personas.

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Por otro lado, Vientiane me mostró todo lo hermoso que tiene Laos, que es mucho (muchísimo) más que el lado negativo. Vientiane me mostró una costanera hermosa, donde pude pasear, retratar un atardecer mágico en el Mekong e interactuar con locales, como si los conociera de toda la vida. Pude pasear por su mercado. Pude conocer más del pasado del país, envuelto injustamente en la guerra de Vietnam, al visitar COPE, un museo que retrata increíblemente este suceso. Pude conocer a Clara, una amiga argentina que vive en Vientiane y vivió en Australia. Pude conocer el Buddha Park. Pude conocer su Arco del Triunfo y sus avenidas estilo Champ Elysee. Pude conocer su estilo francés. Tomé un café en una hermosa cafetería, visite librerías mágicas y caminé sus calles una otra y vez, encontrando demasiadas sonrisas. Y mientras más caminaba, mas deseaba (y hasta rogaba) que esta parte de Laos sea la que predomine. Rogaba que no se contamine de esas cosas que hacen a uno, finalmente, alejarse. 

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Llegó el día de dejar la capital. La dejaba con una sensación agridulce. Esa sensación que tenes cuando conoces algo feo de una personas que pensaste era perfecta. Esa sensación que te genera dudas. ¿Cuál sera la verdadera cara? ¿Cuál terminará de prevalecer? ¿Será una mezcla de las dos? ¿Por qué? Si eras perfecta!

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Mientras escribía en mi diario de viajes, alguien entraba en el hostel y me avisaba que el bus me estaba esperando. Había que seguir viaje, procesando todo durante el camino. No había tiempo que perder. Vang-Vieng esperaba, con muchas sorpresas.

Hola! Mi nombre es Luciano y soy el creador de Una Vuelta por el Universo y Just DOxIT. Me considero un Ingeniero nómade. Me fui de casa hace ya mas de 4 años y todavía me queda mucha mas ruta por recorrer. Venis conmigo?

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