Carta a mis seres queridos que no quieren que viaje

Posteado por | · · · · | Reflexiones en ruta · Una serie de relatos espontáneos e impensados

A todos los que me quieren,

 

Estoy bien. En serio. Soy feliz. Me levanto todas las mañanas orgulloso de mis decisiones y, al mirar el cielo, sonrío, sin importar si éste brilla o llora a cantaros. Salgo a correr, dejando que la brisa del mar toque mi cara y, aunque las miradas que cruce sean de desconocidos, me siento conforme. Me siento realizado. Me siento pleno. Estoy siendo.

 

Tranquila Ma, nada malo puede suceder. Bueno, nada que no sucedería en casa, ahí donde me criaron, el lugar que bien supo ser mi zona de confort, de la cual decidí irme. Entiendo que, a veces, el futuro en el que me imaginaron sea distinto a mi presente, tan nómade e incierto. Entiendo (y asumo, cuando sea padre, también lo compartiré) que proyectaron en mi metas de todo tipo. Algunos de ellas por deseos propios y otras, capaz, por sueños que, aunque intentaron, no pudieron cumplir.

 

Entiendo que vivir a miles de kilómetros de distancia de su hijo, hermano, primo o amigo, nunca fue lo que desearon. Que, cuando miraban al cielo pidiendo que me fuera de casa y empezara una vida adulta, no fue esto lo que pedían. Por eso, déjenme decirles, hay que tener cuidado con lo que le pedimos al universo. Pero, tranquilos, no fue su culpa. La culpa es una mochila muy pesada y que nadie debería cargar. Y la satisfacción de cumplir sueños y objetivos es algo que, todos, deberíamos experimentar. Y por eso levanto la mano, orgulloso, queriendo contar que esta decisión fue mía y solamente mía. Y de la que, como les cuento cada vez que hablamos por teléfono, nunca me arrepiento.

 

Aunque a veces llore y muchas veces los extrañe, déjenme decirles que no estoy solo. No solo por mi novia, a la que conocí hace ya tres años en Vietnam (si, en Vietnam) y que me acompaña día a día en esta aventura, sino porque, incluso antes de conocerla, siempre tuve un hombro en el que descargar mis penas, una risa cómplice para festejar mis chistes y dos brazos generosos para darme un abrazo.

 

Es que, en esta vida en la ruta, se eliminan los prejuicios. En serio Pa. Acá no hay razas, religiones ni colores de piel. Acá somos todos iguales. Acá alguien prueba el mate con la misma curiosidad con la que yo pruebo la comida malaya. Acá ser vegetariano no esta mal visto y gritar un gol de Boca a las tres de la mañana no es tan común. Pero nadie se ofende.

 

Es que todos los que tomamos esta decisión nos comprometimos a llevar a nuestra mente al momento cero, ese momento donde entendemos que, sin importar todo lo que hayamos estudiado y aprendido, nos queda mucho por descubrir. Y entonces escuchamos. Atentos. Miramos con los ojos bien abiertos lo que nos pasa alrededor. Que fluya. Para un lado. Y para el otro.

 

A vos, mi hermana, que seguro lees estas líneas con curiosidad, te cuento que la plata tampoco es un problema. Acá el dinero tiene otro valor. No nos nubla la mirada ni nos vuelve locos. Es necesario pero no esencial. El que se mueve por dinero, poco camina, y el que se mueve en base a valores y creencias, llega a la cima.

 

Igualmente, no te voy a mentir. Atravesamos diversos momentos. A veces comemos fideos por una semana y otras tomamos un solo café al día, porque el presupuesto no da para más. ¿Pero sabes qué? No nos importa. Lo hacemos felices. Porque lo que se va, vuelve. Durante el viaje, el universo nos paga con otras monedas, vitales para entender de qué se trata todo esto. El universo nos enseña que no todo se paga con dinero y que lo que papá y mamá nos enseñaron, la humildad, la confianza, el compromiso, la sinceridad, todo tiene un motivo.

 

Déjame contarte que capaz no tengamos para pagar el boleto de bus, pero que si levantamos el dedo al costado de la ruta, siempre hay alguien dispuesto a parar su auto, o moto, o loquesea , y llevarnos a destino, incluso si éste no queda cerca de donde se estaban dirigiendo. En serio. Y no lo hacen enojados ni resoplando. Lo hacen felices. Te hablan. Te preguntan. Te quieren conocer. Hasta te invitan a comer.

 

Trabajar como vos, cuarenta horas por semana, de ocho de la mañana a cinco de la tarde, no es una obligación. A veces pasa. A veces no. A veces somos voluntarios a cambio de techo y comida, y trabajamos unas horas por semana. Y así vivimos, varios meses. A veces hacemos el mejor café de la ciudad y aunque trabajemos sábados y domingos, no nos quejamos. Qué locura, ¿no?

 

Estoy bien. En serio. Soy feliz. Algunos días, capaz, responda con menos frecuencia sus mensajes. Quédense tranquilos que los leo, a todos. Pero, como en la vida, el viaje tiene sus momentos. Y hay que saber respetarlos, y escucharlos. No se alarmen, que me han roto el corazón más veces en casa que en la ruta. No sean ansiosos, ya me van a abrazar. Los aviones van a seguir existiendo. Respiren hondo y siéntanse satisfechos. Que, para lo que una vez me criaron, hoy se esta llevando a cabo. Que si se me infecta una muela, en India también enseñan Medicina y que si me intoxico en Indonesia, en el hospital aceptan visitas a toda hora.

 

Que las lágrimas que derrame no van a ser en vano y que todo lo que aprenda, algún día se los voy a enseñar. Que mi espalda esta orgullosa de los kilos cargados y mis pies felices por tantos kilómetros que caminaron. Que soy feliz con poco, y que poco, es mucho. Que pocas veces estamos solos y que, aunque mi corazón este dividido en pequeñas partes a las que llama casa, de las raíces, uno nunca se olvida.

 

Gracias por haberme hecho quien soy.

 

Los quiero
Lucho

 

Carta escrita originalmente por mi para la plataforma Worldpackers


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