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Paris, la ciudad de la luz (interna)

Hace unos meses me topé con un artículo en el Blog Viajando por Ahí que hablaba del síndrome Paris. Me interesó y continué leyéndolo, cada vez mas compenetrado en el texto. Palabras más, palabras menos, el Síndrome Paris sucede cuando una persona no parisina viaja a la capital francesa llena de expectativas, idealizándola y creyendo que va a llegar al lugar más feliz del mundo. Pero cuando arriban, se encuentran con una ciudad que, como todas en el mundo, tiene sus defectos y sus características… humanas. Esto los hace caer en una depresión que, muchas veces, arruina un viaje. Después de mucho tiempo con ese texto en mi cabeza (que considero tiene mucho paralelismo con la vida misma), me decidí a escribir sobre París, la ciudad de la luz.

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Llegué a Paris, por primera vez, una fría tarde de Febrero, junto a un gran amigo, dentro de un viaje por toda Europa. Era el 2009 y el calendario recién marcaba 20 primaveras. El destino anterior había sido Londres y, asumo, eso influyó en mi impresión sobre la ciudad. Londres es uno de mis lugares en el mundo y, en ese momento, todo lo que viniera después iba a estar un escalón por debajo.

París nos encontró cansados, con más equipaje del que habíamos llevado, con frío y malhumor. No entendíamos el idioma y eso nos jugaba una mala pasada. Apenas arribamos a Garu du Nord, quisimos confirmar la reserva para el tren con destino a Barcelona de unos días después, pero no pudimos. Para colmo, en vez de un tren nocturno nos informaron que ibamos a tener que tomar un tren diurno y así, perdernos un día de nuestro largo viaje.

Comunicarse era díficil y trasladarse en subte con tanto equipaje también. Con esfuerzo y cansados, llegamos al hotel de París. Feo, escondido, venido abajo y con una pésima atención al público. Lo contrario a lo que habíamos encontrado en Londres. Nuestro mal humor era creciente y parecía no tener tope. Luego de unos minutos en nuestras diminutas camas, decidimos ir a recorrer la ciudad y sacarnos el mal humor de encima. Nunca pensé a Paris como un ideal de ciudad, pero la impresión que me había llevado hasta ahora era muy por debajo de lo pensado. Una especie de Síndrome Paris, creo yo.

Para ser justos, los días en la ciudad fueron hermosos y la pasamos muy bien. Vimos el sol invernal varias veces, subimos a la Torre Eiffel, visitamos el Sagrado Corazón y todas esas cosas que una persona que conoce París por primera vez suele hacer. Caminamos por Champ Elysees varias veces y nos sumergimos en los pasillos del Louvre para ver la Gioconda siendo fotografiada por millones de cámaras asiáticas. También tuvimos tiempo para cenar en el restaurant más caro de nuestra viaje, comiendo el plato más chico de nuestro viaje (guardo la factura todavía). Llamamos a un amigo de Argentina a su casa, en una anécdota que hoy en día la recordamos con risas. Pero… había algo en Paris que no terminaba de cerrar. Ambos lo sabíamos.

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No importaba cuanto la caminaramos, cuanto tomaramos el Metro o cuantos paisajes vieramos, no estabamos comodos. No sabiamos porque, pero ambos mirabamos el reloj esperando que marque el día para partir. Es frustrante en cierta medida, porque pensas toda la gente que quisiera estar en tu lugar, y uno no lo aprovecha 100%. Pero era así. Si hablabamos en español, nos hacían gestos que no nos entendían. Si hablabamos en inglés, un poco más y nos apuntaban con un arma. Si intentabamos hablar frances, nos miraban y se nos reían. Nunca pensé que poner el acento en una letra que no es la correcta traiga tantas confusiones. Al menos eso me hicieron creer en París.

Llegó el día y partimos hacia Barcelona envueltos en una sensación extraña. Ninguno de los dos pensaba que la ciudad nos iba a abrir sus puertas nuevamente en el 2014. Junto a 4 amigos más, le dimos una segunda oportunidad a París. Esta vez, mejor preparados mentalmente. Si el Síndrome París se iba a hacer presente, al menos ibamos a saberlo de antemano.

Capaz porque fue verano, capaz porque eramos más, capaz porque sabíamos con que nos ibamos a encontrar. No se porque, pero estos días en el verano parisino los disfruté y mucho. La ciudad era la misma. La Torre Eiffel seguía en el mismo lugar y la Gioconda estaba rodeada de la misma cantidad de cámaras asiáticas. La gente parisina seguía siendo reacia al turista y nos trataban con desgano. Pero igualmente disfrutaba caminar por Champ Elysees (la que hoy considero la mejor avenida del mundo, por la sensación que te genera transitarla). Disfrutamos caminar por la Plaza de la Concordia y tomar una cerveza en algún bar parisino.

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A su vez tuve la suerte de encontrarme con dos amigos que estaban en su propio viaje por el mundo. Tomamos mate en el Senna, caminamos por el Barrio Latino y comimos en uno de sus tantos restaurants. Sin saber porque, me sentía mas a gusto en la ciudad. Hacía 5 años, me llevé una cierta clase de decepción. Y en ese momento me estaba llevando una alegría. La alegría de poder ver a París en su máximo esplendor. Al menos así lo sentía.

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Después de pensar y pensar, me di cuenta que Paris no es una ciudad más. Paris es como la vida misma y por eso es tan importante. Cuando más esperaba de ella, fue cuando menos me llevé. Y cuando menos esperaba, más encontré.

Es inevitable pensar en todos esos momentos que uno se encuentra bien, feliz, sonriente y de repente algo (o alguien) lo tira al fondo de la tierra. A veces hay que aprender a transitar ciertos caminos. Hay que sumar experiencia, pisar fuerte y soportar algunas caídas. Creo que Paris tiene algo de eso. Es una parada brava y la gente que habita en la ciudad lo sabe. Por eso no te regalan nada. Te hacen sufrir el rigor.

Creo mucho en las segundas oportunidades y suelo ser de las personas que buscan revancha. Uno se cae y a veces duele mucho. Pienso yo que uno, después de esa caída, entiende el dolor e intenta buscar la manera de transitar el camino que un día supo golpearlo. Como en un videojuego, cuando perdes contra el monstruo del final del nivel pero cuando volves a enfrentarlo, sabes que cosas no hacer y donde enfocar tu energía para poder superarlo. Paris tiene algo de eso creo yo.

Hoy, un poco lejos de la ciudad pero tampoco tanto, la miro con recelo. Voy a volver algún día. Mientras tanto, me quedo con todo lo que me enseñó.

Paris, la ciudad de la luz (interna).

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