Una vida de colores

Posteado por | · | Una serie de relatos espontáneos e impensados

Viajar no es todo color de rosas. No lo pintemos de colores. Bueno, para. Pintémoslo. Pero usemos toda la paleta. No creamos que solo existen los colores que nos gustan. El azul del cielo. El verde de los bosques. El turquesa del mar. El blanco de la arena o el rojo del atardecer. No discriminemos, que el negro también es un color. Y que si lo mezclamos con blanco, obtenemos el gris. Y de grises, dejame decirte, a veces nuestra vida se compone. Que si mezclamos rojo, amarillo y azul, manchamos nuestra paleta de negro, y también nuestra camisa. Amarillo y morado. Azul y marrón. Que el negro esta en todos lados y es absolutamente necesario.

Se trata de equilibrio. Y se trata de entender. Se trata de aceptar que toda idolatría algún día se cae y que viajar algún día nos va a defraudar, porque de las cenizas se resurge, y de los fracasos se crece. De lo que no sale como uno quiere se aprende, y de lo que cuesta un poquito más, se disfruta, porque el negro también puede ser un tono de goce. Y el blanco a veces es histérico y mañoso. Es cuestión de prepararnos. Mentalmente. De darse cuenta que no tenemos la única verdad y que, si bien viajar es la mía, la del vecino, de camisa y pantalón, sentado en el asiento de la línea E, también es válida.

Nuestros amigos nos esperan, al final del túnel, sentados al lado de nuestra familia, con una copa de vino y un plato vacío esperando ser llenado, unidos en la dicha desgracia de tener que extrañarnos, igual o más de lo que los extrañamos a ellos. Pero vamos, que nos esperan con una libretita mental, en donde fueron anotando todos esos momentos en los que no estuvimos, pero ellos algún día, soñaron con contárnoslo. Mezclan y mezclan los colores. El gris de la nostalgia. El verde del reencuentro. El azul de las lágrimas y el rojo de la adrenalina. Nos dejan ser, y son con nosotros. Porque ni ellos ni yo extrañamos lo extraordinario. Sino que más bien, extrañamos esos pequeños momentos, tan insignificantes como necesarios para vivir. Extrañamos ese único sentimiento que no conseguimos alrededor del mundo. La sensación de retomar la charla donde alguna vez quedó, como si ni el tiempo ni nuestras vidas hubiera cambiado. ¿Hay algo más lindo que la rutina del reencuentro?

Un día nos animamos y esa, pequeña pero importante decisión, es nuestro diferencial. Haber dado ese paso hacia lo desconocido. Haber saltado al vacío, despojado de sentimientos, con una mochila y un escudo, para blindar nuestro corazón y aislar nuestra mente. Somos, a veces, envidia de propios y ajenos, que nos recalcan cuan afortunados somos. Bueno, es verdad. Y lo sé. Porque el reconocer nuestras virtudes y aciertos fue algo que aprendí durante el camino. Pero que no todo se basa en la fortuna, y que a la fortuna hay que saber guiarla. Porque el universo provee, pero nosotros tenemos que escuchar. Y que en el trato, aceptamos ganar y perder. Aceptamos ser egoístas e irnos, pero nos rendimos ante el tiempo, tan socialista, que si mueve las agujas para uno, las mueve para todos. Y, en el cuento de la manta corta, si de un lado te doy, de otro te lo quito.

No te pongas triste ni te llenes las mejillas de lágrimas, tibias y persistentes. Que te dije, usemos toda la paleta. Que es cuestión de entender que, para conocer el verdadero valor del color blanco, a veces hay que pintarnos de negro. Que el celeste brilla más cuando entendemos de donde viene, y que el naranja de un amanecer se enaltece más cuando nos fuimos a dormir con un pijama gris. Que somos colores y que el marrón viene del púrpura y amarillo, y el púrpura, del rojo y azul. No pintemos todo color de rosas. Pintemos nuestra vida de colores.

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