El Origen. Capitulo XI

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“¿Queres ir a dormir? Es tarde y todavía falta contar bastantes cosas. Podemos seguir otro día” – le dije, casi con culpa. El relato se había extendido más de lo que pensaba y, aunque ella no lo supiera, todavía faltaba bastante.

“No, dale, seguí. No tengo sueño y quiero saber cómo sigue” – respondió. Creo, en el fondo, sabía que iba a tomar un rol protagónico dentro de poco. No sé si estaba entretenida, o ansiosa.

En fin. Seguí.

 

Laos es uno de mis países favoritos. Irónicamente, no se si quiero volver. Es que tengo miedo que el turismo lo esté corrompiendo de tal manera que, lo que supo ser, o lo que es en mi memoria, no sea más. Es un país pobre y humilde que, en algunas ciudades, empezó a descubrir el turismo y todo lo que esto conlleva.

 

A veces, cuando los recursos no son suficientes, la gente local se da por vencida y se deja influir por el capitalismo y las grandes empresas y, lo que alguna vez era emoción por conocer alguien con una nueva cultura, hoy es adrenalina para ver cuanta plata se le puede sacar. El turismo no responsable también ayuda, derrochando dólares, euros y libras sin sentido alguna, fomentando la gula y la codicia.

 

Laos - El origen - Una Vuelta por el Universo

“El Sudeste Asiático, en general, tiene un poco de eso, ¿no? Cada vez más” – me interrumpió. Habla con conocimiento de causa.
“Si, es verdad. Hay lugares en donde pasa más, y lugares en los que no tanto” – le contesté.
“Cada vez son menos”.
“Por desgracia”.

 

Mi experiencia en Laos fue memorable por varios motivos. Descubrí un país humilde y lleno de sonrisas. Alejarme de las grandes ciudades y recorrer pequeños pueblos, no tan turísticos, fue, creo, el motivo de haberme llevado esta impresión.

 

Laos y sus calles. Una Vuelta por el Universo

Por otro lado, tomé la decisión de viajar, lo más que pudiera, en el transporte público local. Nada de buses turísticos. Nada de lujos. Un poco por la plata. Y un poco, bastante más, por querer vivir la experiencia local. Empaparme con su cultura. Con el olor a pollo recién cocinado, que subía esa señora para vender, en las una y mil paradas que el bus hacía. Enojarme hasta sonreír con las voces altas de los laosianos al hablar por celular. Un celular que crujía al abrirse, de los que se usaban antes, que, para ellos, eran tope de gama y algo que todavía no entendían mucho.

 

Me acuerdo, como si fuera hoy, la mirada del chico sentado al lado mío, al ver mi iPhone, en el bus desde Savannakhet. No me gustaba sacar mucho mi móvil.

 

“¿Por miedo?” – interrumpió.
“¡No. Nada de eso!” – acoté, lo más rápido que pude. Es que Laos es un país muy seguro. “Me daba… no se, ¿vergüenza? Vergüenza propia. Es que los veía a ellos, preocupados por lo que realmente importa, sin ser presos de la tecnología, de los avances, quedados en el tiempo, siendo felices”.

“¿Y por qué te miraban el celular?” – preguntó. Era un tópico que le interesaba.

“¿Por curiosidad? Lo podía ver en sus ojos, saltones e incrédulos. La sorpresa. La intriga. Sus ganas de preguntarme que era lo que tenía en mis manos. No sé. No me sentí intimidado. Pero si, por primera vez, me empecé a replantear varias cosas. Lo que para mí era tener un presupuesto bajo capaz, para ellos, era la comida por tres meses. Empecé a entender la teoría de las verdades”.
“¿Eh? ¿Qué teoría?

“Claro, la teoría de las verdades. No existe una sola verdad. Hay muchas verdades conviviendo allá afuera. Y todas son válidas, mientras sean debidamente justificadas.”

“Perdón. No entiendo” – me dijo.

“Mira. En total, en un mes en Laos, gasté 300 USD. ¿Te parece mucho o poco” – le pregunté.
“¿300? ¡No es nada! No puedo creerlo. Con mis amigas gastábamos casi 1000 por mes cuando estuvimos en el Sudeste”. – respondió, indignada.

“Bueno, a eso me refiero. Para vos, 300 dólares al mes no es nada. Para mi, en ese momento, era mi tope mensual o, incluso, un poco más de lo que podía afrontar. Pero para ese chico que sintió curiosidad al ver mi celular, 300 dólares es capaz lo que puede gastar en un año. Imagínate a los tres, en un debate, exponiendo cuanto gastamos en X cantidad de tiempo en el Sudeste Asiático. Cada uno expondrá sus motivos, y dirá sus números. Nadie va a tener la razón. Porque a cada uno lo mueven causas distintas. Bueno, mejor dicho. Todos vamos a tener razón”.

“Hay que escuchar, poner en contexto y entender que no somos dueños de una única verdad” – reflexionó.

“Algo así”.

 

Ese viaje en bus siguió. Y ese chico, sentado al lado mío, le compró un pescado frito a una señora que subió, en una de las tantas paradas, a venderlo. Un par de horas más tarde, se bajó, en el medio de la ruta. Una ruta bañada de verde y con una casa cada tanto. No había ningún cartel a la vista pero él sabía, perfectamente, en que momento decirle al chofer que parara. No era la primera vez que hacía ese recorrido. Bajó. Tocó timbre con una sonrisa y moviendo sus piernas, como quien no puede manejar la ansiedad. Y esperó. Yo miraba atento desde la ventana, con mis ojos como cámara y mi memoria como disco rígido para guardar este momento para siempre.

 

Nong Khiaw es un paraíso al que no todos llegan. Laos

 

El chico gastó, capaz, los ahorros del mes, en ese pescado frito para no llegar con las manos vacías a la casa donde lo esperaban. ¿Capaz la casa de sus padres? ¿Capaz la casa de su futura esposa? ¿Capaz un amigo al que no veía hace mucho tiempo? Nunca supe la verdadera historia. Pegué la cabeza a la ventana y dejé mi imaginación volar.

 

Nos quedamos en silencio, por unos minutos. Necesitábamos reflexionar un poco.

 

“Laos fue también superación. Fue probarme a mi mismo que podía” – interrumpí.

“Ya venías viajando hace bastante por el Sudeste. ¿No te lo habías probado ya? – respondió. Tenía razón.

“A veces, cuando viajamos, lo que nos probamos una vez, necesita se probado varias veces más. El viaje no es linear, sino circular. Y al punto donde estuvimos, después de caminar un rato, vamos a volver a llegar”.

 

Desde el minuto cero, Laos fue un desafío. El pasaje de Macau a Laos era carísimo. Mientras estaba en Filipinas, había cerrado ya un voluntariado enseñando inglés en Hanoi, Vietnam. Por eso quería llegar a Laos para después cruzar, por tierra, al país que, sin saberlo, me iba a cambiar la vida. Incluso, si no hubiera volado a Laos, mucho de esto no estaría pasando.

 

Nong Khiaw tiene paisajes así

 

“¿Qué?” – preguntó. No se si era tarde y tenia sueño, o de verdad estaba muy metida en la charla.
“Claro. ¿No te acordas qué me preguntaste en el primer mensaje que me mandaste” – le respondí.
“Cómo cruzar, por tierra, de Laos a Vietnam” – dijo, sonrojada.

“¿Ves? Si no iba a Laos, y si no cruzaba por tierra a Vietnam, no nos hubiéramos conocido. Pero bueno, no nos adelantemos, que Laos merece su capítulo”

 

Suspiró, indignada y ansiosa.

 

“Paso a paso, queda poco” – la tranquilicé.

 

Como el pasaje de Macau a Laos era muy caro, volé a Bangkok, Tailandia. De Bangkok me pensaba tomar un bus hasta la frontera con Laos y, de ahí, otro bus a a Pakse. Cómo hice para llegar a Laos gastando poca plata fue, sin dudas, una de las mejores anécdotas que viví en el Sudeste.

 

Pasé la noche en el aeropuerto de Bangkok. Recién al mediodía del otro día tomé un bus al centro y, de ahí, otro (nocturno) a la frontera con Laos. Ya en la frontera, tomé el último bus que me depositaría en el primer pueblo laosiano que mis ojos iban a ver. Todo por un puñado de dólares. Todo, solo. Todo con mi mochila en la espalda y viajando con gente local. Así arrancó Laos y por eso, ya desde el comienzo, tenía un gusto especial.

 

Para viajar por Laos, me guié, casi en su totalidad, por el blog de Aniko. Ella, y los chicos de Algo que recordar, con sus textos y vídeos, son los que me impulsaron a hacer este viaje. Y la forma de viajar, y de escribir, de Aniko, me identifica mucho. Por eso es que fue una gran guía para mi viaje Laosiano.

 

Luang Prabang. Laos

 

Pakse. Savannakhet. Thakek. Luang Prabang. Vang Vieng. Vientiane. Nong Khiaw. Muang Ngoi. Muang Khua. Creo esa fue mi ruta. Bueno, no se si en ese orden. Pero al menos esos fueron los pueblos que visité. Insisto, creo.

 

No fue fácil, para nada. Conocí mucha gente durante mi estadía en Laos y muchas veces dije adiós. Es que, capaz, la gente que conocía, viajaba con menos tiempo y con más presupuesto. Tomaban buses directos. O incluso volaban. Yo, recuerdo, me he ido caminando, varias mañanas, a la estación de buses del pueblo donde estuviera, para averiguar, por mi cuenta, los horarios y precios de los transportes a la próxima ciudad. Incluso le pedía a alguien local, que me inspirara confianza y que hablara algo de inglés, que preguntara por mí, para estar seguro que el precio era el real y no estuviera inflado, por mis rasgos occidentales.

 

Recuerdo muchas cosas de Laos y, casi todas, son buenas. Los últimos días estuve afectado por una muela de juicio, asumo infectada, que no me dejaba casi abrir la boca. Incluso eso no fue un impedimento para que disfrutara el país. A mi ritmo. A mi paso. A veces solo, a veces acompañado. Era lo que mi cuerpo y mente pedían.

 

Me quedo con la calma de Savvanakhet, con sus calles casi vacías y su gente sonriendo. Prefiero olvidar el turismo irresponsable de Vang Vieng, con bares occidentales (a los que asumo, he ido alguna que otra noche) y su descontrol de alcohol y gomones en los ríos. ¿Qué necesidad?. Vientiane y una capital bastante tranquila. Luang Prabang y su toque francés. Pero si tengo que elegir algo, me quedo con mi última semana en Laos.

 

“¿Por qué?” – interrumpió.

“Fue la que más disfruté. En la que más gente local vi y hablé. Vi paisajes hermosos. No se. Mi memoria guarda esa semana con mucho afecto” – le respondí.

“Pasa seguido, ¿no? Nuesta mente, y alma, crean afinidades con ciertos lugares y momentos de nuestra vida. Vimos algo que nos hizo viajar a un momento lindo de nuestra infancia. Hablamos con alguien con el que conectamos. Que se yo, varios motivos” – acotó.

“Tal cual”.

 

Muang Ngoi es un pueblo chiquito, a las orillas del río Mekong del que me cuesta decir su nombre. No porque sea difícil de pronunciar. Sino porque no quiero que se llene de turismo. Sus calles rurales. Su gente en la calle. Su poca internet. Su poca electricidad. Todo esta en su justa medida, en su justo equilibrio. Que pena me daría que se pierda.

 

Es que eso fue Laos. Un perfecto equilibrio y el miedo constante a que se pierda. Lo que capaz era un turismo masivo en Luang Prabang, no lo era en Savannakhet o Nong Khiaw. Me quedaba esa tranquilidad de saber que Laos no estaba totalmente corrompido por el turismo y que no éramos un número para ellos, sino una persona de la que aprender y a la que enseñar.

 

Pero también sentía ese miedo de que, poco a poco, la masividad le fuera ganando a la tranquilidad. Que un hotel de varias estrellas llegue a Muang Ngoi y que todo se haya terminado. Es que después de haber viajado un mes por Laos, empapándome de su cultura local y de las sonrisas de sus habitantes, ¿cómo no desearle eso al resto?

 

“Nombraste a casi todos los lugares, pero no dijiste nada de Muang Khua” – preguntó.

“Ahhh… si. Ese es el más importante” – le dije.

“¿Por?”

“De Muang Khua crucé, por tierra, a Vietnam. Bueno, eso lo sabes, te lo conté. Asi nos conocimos, ¿no?”

 

Una Vuelta por el Universo. El Origen. Capítulo XI.


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