La cuarentena, un gran viaje

Posteado por | · | Una serie de relatos espontáneos e impensados · Vivir viajando

Se ve luz al final del túnel. De a poco. Las noticias ya no hablan (tanto) sobre los muertos pero si sobre cuando saldremos de casa. Salir al mundo exterior esta un pasito más cerca y eso, creo, al contrario de lo que cualquier vidente podría haber predecido, me genera ansiedad. Nos genera ansiedad. La cuarentena, un gran viaje.


Tomo un sorbo del café negro de todas las mañanas y me quedo viendo al horizonte, en una soleada mañana de Domingo, acá en Canarias. Se escuchan menos ruidos que de costumbre. Las mañanas de los Domingos, no importa si estemos en aislamiento o no, tienden a ser más tranquilas que las del resto de la semana.
Apoyo la taza sobre la mesa y pienso que la cuarentena es como un gran viaje, ¿no? Una montaña rusa de emociones, en donde a veces estamos arriba y, otras tantas, abajo. Un gran viaje sin salir de casa, obvio.

La novedad


Los días de la novedad, los primeros. Donde todo era nuevo, donde en nuestras cabezas bailaban, al ritmo de una alegre y pegadiza melodía, mil planes, todos agarrados de la mano, sin miedo a contagiarse entre sí. Todos pidiendo, silenciosamente, ser el primer plan en ejecutarse.


Se me es complicado no volver en el tiempo a mi primeros días en algún gran viaje que haya hecho. Los primeros días en Tokyo, o en Bangkok, con mi cabeza agobiada de tantos posibles planes. ¿Por dónde arrancar? – pensaba, una y otra vez.


También, asumo, se me vienen a la cabeza mis primeros días en Israel, días grises y pesados de los que todavía no me animo a escribir en detalle. Días donde cada paso costaba y donde, por más que lo intentara, no enconraba motivación alguna para estar en la ruta. “¿Qué hago acá?” – pensé, más veces de lo que hubiera deseado. ¿Es posible que mucha gente haya sentido lo mismo en este comienzo de cuarentena? Lo es, sin dudas. ¿Cuánta gente habrá estado abrumada por un suceso que, sin saber como ni cuando, llegó a su mundo.


Estan también, pienso mientras termino mi café y añoro el día de poder volver a tomar un café molido por mi mismo durante la mañana, los que por diversos motivos (en los que, si bien quisiera, no voy a profundizar en detalle. Estas líneas no darían a basto) no pudieron siquiera pensar en cómo afrontar la cuarentena. Como tambien estan aquellos que nunca podrán (o querrán) afrontar un gran viaje. Por miedos. Por obstáculos. O por simplemente no querer irse de una vida que disfrutan día a día. Me considero un afortunado, sin dudas. No por el camino que elegí, sino por ser feliz en mi presente.

La monotonía


Los días pasaron y la novedad se transformó en una monótona rutina. Hay rutinas especiales, que nos permiten disfrutar e inflar el pecho mientras una sonrisa se dibuja en nuestra cara. Hay otras que nos encogen los hombros, que nos hacen caminar preocupados y con cara de pocos amigos.


Esta, la de la cuarentena, me cuesta descifrar en que parte de la escala situarla. Me cuesta, también, entender porque tengo que situarla en algún lado y no considerarla una excepción, como todo lo que estamos viviendo en estos días. En fin.


Monótona o no, la rutina trajo consigo, creo, un descubrimiento. El primer plan para nuestra cuarentena, ese que pensamos en detalle, presos de la potencial energía acumulada que imaginabamos tener durante tantos días en casa, no se cumplió. Pero, a pesar de lo que uno pudiera imaginar, nos dimos cuenta que nada malo pasó. Fracasar no es una mala palabra, sino un sinónimo de cambio y de mejora. Nos animamos a no cumplir otros planes, de la misma manera que, cuando estamos en la ruta por un tiempo considerable, nos animamos a pasar días enteros haciendo nada, solo siendo. Y eso, dejame decirte, significa un gran acto de valentía.


Los mil planes que pensamos no tienen porque cumplirse y, lo que importa, a fin de cuentas, es cómo estamos y lo que necesitamos en ese preciso instante. Se me es imposible, nuevamente, no pensar en las mañanas en Nueva Zelanda, con el motor home estacionado a orillas de algun lago y nosotros (Agos y yo) desayunando, sin apuro alguno, sin hacerle caso a las agujas que, silenciosamente, intentaban determinar nuestros actos diarios, taladrando nuestras cabezas sin siquiera nosotros saberlo.

El (supuesto) fin


De a poco se empieza a hablar del fin. Del viaje, o de la cuarentena. No importa. Nos agarra ansiedad. Se termina. Lo que pensabamos era infinito, no lo es. Y nos invade un sentimiento de desesperación. De arrepentimiento. De culpa. Sentimientos que nos impulsan a querer hacer todo lo que no hicimos hasta ahí. Nos impulsa a querernos mover. Es ahora o nunca. Cada segunda cuenta y todo lo grabamos en nuestra memoria, porque sabemos queda poco.


El cerebro humano tiene esa maña de quedarse con el final de las cosas. No se valora tanto el proceso. Si logramos que el final sea, al menos, ameno, asi lo será el proceso en nuestros recuerdos. ¿No son ellos, los recuerdos, los que valoramos y atesoramos, después de todo gran viaje?


Un poco lo hacemos (creo) para poder decir, en un futuro, que aprovechamos lo que pasó. Esa maldita costumbre de pensar que si no sacamos provecho visible de algo, nada tuvo sentido. Un poco también lo hacemos para no confrontar lo que viene. A fin de cuentas, volver nunca es fácil. Volver a una vida de rutinas. Volver a casa. Volver a lo que fue. Volver a lo que sea que haya que volver. Vivimos en un gran viaje. Y el proceso se vuelve a repetir, una y otra vez.


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